Lima, 16 de diciembre del 2004

En medio de una serie de protestas se confirmó la destitución de 27 de los 31 magistrados de la Corte Suprema de Justicia de Ecuador, designándose a sus reemplazantes que inmediatamente asumieron el cargo. Dicha medida, dictada el pasado jueves 9 por el Congreso, a iniciativa del Poder Ejecutivo (Destituyen a corte suprema en Ecuador), ha generado una polarización entre quienes rechazan esta actuación y quienes la aprueban aduciendo que la máxima instancia del Poder Judicial estaba politizada.

A partir de una lectura de la Constitución Política del Ecuador se desprenden diversos argumentos que refuerzan ambas posiciones.  En este sentido, por un lado están quienes alegan que los congresistas no tienen la facultad de destituir o elegir a magistrados de la Corte Suprema ya que estos son vitalicios, y además el propio texto constitucional de 1998 en su artículo 202° señala que en el caso que se produzca una vacante, es la propia Corte Suprema, con el voto favorable de dos tercios de sus miembros, quien debe designar al reemplazante. De otro, se tiene a quienes defienden la medida adoptada por el Congreso, puesto que en su interpretación correspondía enjuiciar políticamente a los ministros jueces de la máxima instancia del Poder Judicial, porque una disposición transitoria del texto constitucional (N° 25) establecía que los magistrados de la Corte Suprema se habían excedido en su mandato, el mismo que debió haber concluido en enero del 2003. Asimismo, se sustentan en la Ley Orgánica de la Función Judicial que otorga atribuciones al Congreso para elegir a los magistrados.

Lo cierto es que más allá de este debate jurídico, está en juego la sostenibilidad del propio sistema democrático del país vecino que, esperamos, sea capaz de superar la crisis de su aparato judicial, el mismo que, por cierto, parece tener un serio problema de credibilidad que hace urgente la adopción de medidas drásticas de cambio. Asimismo, el impacto de la medida adoptada en el resto de los países de la región puede ayudar a generar una reflexión sobre la imperiosa necesidad que las administraciones de justicia respondan a las expectativas ciudadanas, manteniéndose al margen de las disputas político-partidarias.
(Javier La Rosa Calle)