Lima, 04 de noviembre del 2004

El pasado lunes informó la prensa que alrededor de dos mil pobladores de la localidad de Túpac Amaru, en la provincia de Juliaca, Puno, habían quemado y saqueado 17 centros nocturnos de dicha ciudad (La República, 02/11/04). Según se informa, esto ocurrió como “venganza” por la muerte de Jacinto Mamani Yucra, de 48 años, quien había sido arrojado del night club Mina de Oro, cayendo a la pista y siendo aplastado por un trailer que circulaba por el lugar (Expreso, 01/11/04). Al parecer, los vándalos fueron azuzados por moradores que decían  estar hartos de los “antros de perdición”.

Según información difundida posteriormente, 19 personas se encontrarían detenidas, de los cuales seis son menores de edad, quienes están acusados de cometer los delitos contra la paz, alteración del orden público y destrucción de la propiedad privada. Lo sorprendente de todo esto son las declaraciones del alcalde de Juliaca, señor Miguel Ramos, quien calificó como “una actividad lógica la asumida por los pobladores porque consideró que los propietarios de los centros nocturnos cometen una serie de atropellos”. Agregó que en reiteradas oportunidades la Alcaldía intentó cerrar dichos locales porque no contaban con una licencia  de funcionamiento y porque evadían impuestos. Explicó que los dueños de los locales consiguieron protección judicial a través de acciones de amparo, acusación que ha sido puesta en duda por la Asociación de Jueces por la Justicia y la Democracia, a través de un pronunciamiento emitido el 4 de noviembre (ver pronunciamiento en este mismo portal). Sin embargo, el problema no acaba ahí, pues un diario local da cuenta de las declaraciones de la Doctora Maruja Cutipa Corimaygua, Fiscal de Prevención del delito de la Región, quien ha denunciado la existencia de 80 locales nocturnos que no cuentan con licencia de funcionamiento en Juliaca.

Todo estos acontecimientos no hacen sino expresar una cultura de la informalidad, que no es otra cosa que la institucionalización, según editorial del diario Expreso, de “una cultura de desprecio por la ley” (Expreso, 1 de noviembre). Al parecer, se han encontrado y se retroalimentan la impaciencia de la población frente a la delincuencia, la clamorosa ineficiencia del sistema de justicia y la inacción de las autoridades, todo lo cual incuba y alimenta una peligrosa y creciente desconfianza de la población en sus autoridades, lo que es incompatible con un Estado democrático. Al igual que en los anteriores casos, como el de Ilave, Azángaro, San Gabán, aquí también debemos preguntarnos ¿por qué las autoridades del Poder Judicial, el Prefecto, el Gobierno Regional y Municipal, el Ministerio Público y la Policía, no hicieron nada?, ¿por qué se toleró esta situación durante varios meses?, ¿dónde estaban las autoridades al momento en que ocurrieron estos hechos?

Ante esta situación cabe preguntarse: ¿qué estamos esperando el Estado y la ciudadanía para reaccionar?, ¿qué nuevos actos de saqueo y vandalismo deben ocurrir para que el Estado adopte medidas y acciones para que no se repitan estos actos? Hay un mensaje que la sociedad está enviando a las autoridades del sistema de justicia y a las autoridades del gobierno. El mensaje es que no confía más en ellos y tampoco en los mecanismos que la ley ha contemplado para resolver estos conflictos.
(Juan Carlos Ruiz Molleda)