Lima, 25 de noviembre del 2004

Ha  generado rechazo e indignación ciudadana la decisión del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM) de declarar desierto el concurso para elegir al jefe  de la Oficina Nacional de Procesos Electorales (ONPE), conforme fue anunciado el pasado martes 23 (todos los diarios).

Llama profundamente la atención la manera poco transparente e incluso irregular como se ha conducido el citado concurso, que prácticamente habría estado dirigido a impedir que el actual jefe de la ONPE pudiese ser designado para un segundo periodo. No solamente por el hecho de haber seguido las reglas de un procedimiento obsoleto de selección, que de manera subjetiva ha valorado la calificación curricular y la exposición del plan de trabajo de los postulantes, sino porque el presidente del comité de evaluación del CNM no habría dado muestras mínimas de imparcialidad, lo cual lo descalificaba para seguir conduciendo el concurso.

Con su proceder el CNM ha demostrado no sólo ligereza sino grave irresponsabilidad, ya que ha sembrado serias dudas sobre la manera como conduce los procesos de nombramientos (y ratificaciones y destituciones) de magistrados, además que ha generado fundados recelos acerca de cuán correcta y ética viene siendo la conducta de algunos de sus miembros.

Es bastante lamentable que, siendo el CNM un organismo del sistema de justicia que debería adecuarse a las corrientes de cambio y renovación que viene reclamando la ciudadanía desde hace tiempo, no haya seguido esta orientación, y por el contrario sus integrantes no se percaten del error cometido que contribuye así al desprestigio del vapuleado sistema.

Creemos que el país no puede permitir esta clase de errores, si es que no se trata de un intento malévolo de  perjudicar a uno de los postulantes a la jefatura de la ONPE. Con tan lamentable decisión, los actuales consejeros -señores Daniel Caballero, Fermín Chunga, Jorge Angulo, Teófilo Idrogo, Luis Flores, Jorge Lozada y Ricardo La Hoz- han perdido toda legitimidad y credibilidad para continuar en el ejercicio del cargo. Es necesaria una amplia investigación parlamentaria y, de encontrarse negligencia o dolo, debería destituirse a los implicados. Otra alternativa, menos onerosa, es que ellos mismos renuncien. En cualquier caso, la ciudadanía exige su relevo inmediato.
(Javier La Rosa Calle)