Lima, 25 de agosto del 2005

Esta semana se cumplen dos años de la entrega del Informe final de la Comisión de la Verdad y Reconciliación (CVR), que propone a la Nación una explicación de lo que nos pasó como país para permitir el horror del conflicto armado interno que acabó con la vida de casi 70,000 peruanos (según cifras estimadas por la CVR). Es un informe extenso de nueve tomos en el que, en gran medida, está escrita la historia real de lo que pasó en el Perú durante esos años y que aún está a la espera de su estudio y amplia difusión.

Si bien Sendero Luminoso (SL) fue uno de los principales responsables –y así se ha encargado de señalarlo la CVR al calificarlo como un grupo “genocida”–, ello de ninguna manera justifica las masivas y graves violaciones a los derechos humanos que se cometieron contra la población civil inocente: desapariciones y ejecuciones extrajudiciales, torturas, violación sexual y detenciones arbitrarias, que significaron, además, un grave deterioro del Estado de Derecho: abdicación de la autoridad civil frente a la militar, tribunales sin rostro y estados de emergencia “permanentes” en gran parte del territorio nacional.

Además de todas las medidas de verdad, justicia y reparación a favor de las víctimas (o sus familiares) del conflicto armado interno, la CVR entiende la reconciliación, no como el perdón de los victimarios por parte de las víctimas (ello es un proceso personal y voluntario), sino como un nuevo pacto social: transitar de una sociedad y un Estado excluyentes y con gran desigualdad, pobreza y discriminación, a una sociedad y Estado incluyentes y equitativos, realmente democráticos, bajo el entendido que la violencia se ensañó, especialmente, con los más pobres y marginados de este país: el 75% de las víctimas mortales fueron campesinos quechuahablantes.

¿Hemos avanzado en esa dirección en estos dos años? Muy poco. Seguimos siendo, en esencia, una sociedad discriminadora, fraccionada y profundamente desigual. Seguimos teniendo un Estado excluyente de grandes mayorías (por ejemplo, los servicios de salud, educación o justicia aún no están diseñados para nuestra realidad multicultural y multilingüística) o ausente e ineficaz en otros campos (por ejemplo, la inseguridad ciudadana o la falta de justicia y la sensación de impunidad). Pese al sostenido crecimiento económico de los últimos años, no “chorrea” y seguimos siendo la regla en América Latina: la región del mundo con mayores índices de desigualdad social y económica.

En gran medida, seguimos siendo el mismo país fragmentado y desigual que permitió que un grupo fundamentalista lo pusiera en jaque y que toleró las masivas y graves violaciones de derechos humanos contra “otros” peruanos y la seria afectación de las garantías del Estado de Derecho como precio por nuestra seguridad. Expresión de ello son los violentos –e injustificados, bajo todo punto de vista– bloqueos de carreteras, la creciente –y preocupante– influencia del narcotráfico en diversos ámbitos públicos y privados, la audiencia que tienen en algunos sectores sociales y regionales propuestas políticas claramente autoritarias como la etnocacerista o la fujimorista, la corrupción en todos los niveles, los linchamientos y, en general, la virulencia con que en ocasiones se expresan las demandas sociales.

A la vez, algo se ha avanzado, algo hemos cambiado como país. Para comenzar, hemos tenido una Comisión de la Verdad. Luego, pese a la insuficiente voluntad política, el Gobierno de Toledo creó la CMAN (Comisión Multisectorial de Alto Nivel para el seguimiento de las acciones y políticas del Estado en los ámbitos de la paz, la reparación colectiva y reconciliación nacional) que algo ha avanzado en el tema de las reparaciones y en comprometer a diversos sectores públicos en medidas de reparación (salud, educación, economía, entre otros), destinando 10 millones de soles para el 2005 y anunciando el Presidente de la República 100 millones de soles para el Presupuesto Público 2006, promesa que esperamos sea cumplida.

Por otro lado, pese a su precariedad y a la reforma pendiente, el Ministerio Público y el Poder Judicial vienen investigando los principales casos de graves violaciones a derechos humanos e, inclusive, han comenzado a juzgarlos públicamente (Grupo Colina, MRTA, Castillo Páez, entre otros); hay que destacar que los tribunales que vienen juzgando estos casos están integrados por magistrados con buena trayectoria y que inspiran confianza ciudadana. La Ceriajus (Comisión Especial de Reforma Integral de la Administración de Justicia) también contribuyó a este propósito al incluir –como parte del Plan de reforma integral de la justicia– algunas de las recomendaciones de la CVR sobre la “judicialización” de los casos de derechos humanos, como jueces y fiscales especializados para el juzgamiento de estos casos, el respaldo al Plan Nacional de Exhumaciones y a un sistema de protección de víctimas y testigos.

Por su parte, el Congreso ha aprobado algunas leyes que dan cumplimiento a algunas de las recomendaciones de la CVR, entre las que cabe destacar la reciente aprobación de la Ley 28592, que establece el Plan Nacional de Reparaciones y crea el Consejo de Reparaciones, encargado del Registro Único de Víctimas, paso fundamental para la reparación no sólo colectiva sino también individual de las víctimas. En el caso del Tribunal Constitucional, ha contribuido con dos sentencias a re-conducir a los tribunales militares dentro de los cauces y exigencias del Estado de Derecho. Finalmente, la Defensoría del Pueblo también ha impulsado diversas iniciativas para dar cumplimiento a las recomendaciones de la CVR.

Pero aún falta mucho, no sólo para hacer justicia y reparar debidamente a las víctimas y sus familiares, sino para un nuevo “pacto social” de una sociedad y un Estado más equitativos e inclusivos. En ese sentido, los partidos políticos tienen una agenda pendiente de reflexión y compromisos en torno a lo que propone la CVR, más allá de discrepancias ideológicas o de casos judiciales concretos. Asimismo, el sector empresarial debería tomar el informe de la CVR como una oportunidad para mejorar la estabilidad democrática y, por ende, la seguridad jurídica para sus inversiones. De parte de las Fuerzas Armadas, deberían superar el mal entendido espíritu de cuerpo que aún persiste en relación a los crímenes de derechos humanos que cometieron algunos de sus miembros y que están muy lejos de lo que realmente es la función militar.

Así que a la clásica interrogante de si el vaso está medio lleno o medio vacío en relación al cumplimiento de las recomendaciones de la CVR, podemos decir que agua tiene pero, de lejos, no la suficiente. Algo de agua por todo lo avanzado, que no es poco. Pero absolutamente insuficiente porque la pobreza que a diario vemos en las calles nos hace recordar, una y otra vez, que aún nos falta mucho para ser un país más justo, igualitario e inclusivo. Muchísimo aún.
(David Lovatón Palacios)