Lima, 10 de noviembre del 2005

Esta semana hemos tomado conocimiento que la Cámara de Comercio de Lima (CCL) ha firmado un convenio con la Contraloría de la República denominado “Juega Limpio” (Gestión, 8/11/05). Este acuerdo es una iniciativa contra la corrupción, problema que aqueja en gran medida a la sociedad peruana y a sus instituciones e invade tanto los espacios públicos como los privados del país.

Y es que alianzas como ésta, destinadas a prevenir la corrupción, son muestras de cooperación entre instituciones que contribuyen a fortalecer nuestro alicaído sistema democrático. Recordemos que este mal supone el quebrantamiento de la democracia, atentando especialmente contra la idea de que toda actividad pública, ya sea de la administración, del legislativo o del sistema de justicia, debe perseguir únicamente el interés de la ciudadanía en general.

Del mismo modo, si la corrupción es un problema que afecta a todos, entonces  debe preocuparnos también a todos. En ese sentido, es importante que las organizaciones de la sociedad civil tengamos una participación activa en la lucha contra este problema que, como bien señala la presidenta de la CCL, Graciela Fernández Baca, “disminuye el potencial de crecimiento económico al disminuir los incentivos para invertir, convirtiéndose en un impuesto a la eficiencia y a la competitividad” (Gestión, 8/11/05). La corrupción afecta el desarrollo económico y social del Perú, así como contribuye a mantener las desigualdades y el grado de exclusión social que aqueja a los países latinoamericanos en su mayoría.

El tema en mención también trae a colación la necesidad de que nuestro sistema de justicia realice sus funciones sobre la base de principios de transparencia y probidad. Y ello debido a que la corrupción a nivel judicial contribuye a generar indefensión e inseguridad en los ciudadanos, así como en aquellos que pretenden invertir en el Perú, pues cuando no hay imparcialidad ni independencia en los jueces, ambas minadas por el virus de la corrupción, se afecta la tutela de los justiciables. En suma, la corrupción del sistema de justicia, al igual que la que se da otros ámbitos, atenta contra los fines de un Estado Social y Democrático de Derecho, pues impide que los titulares de diversos derechos (derecho al debido proceso o el derecho al desarrollo, entre otros) puedan alcanzar la efectividad de los mismos.

Finalmente, queremos señalar que es necesario que el Estado y la sociedad civil sigan tomando iniciativas destinadas a fortalecer la ética pública, es decir, a hacer que los valores y principios que se encuentran como referentes inmediatos en la Constitución se hagan reales. De ahí que saludemos que el empresariado peruano asuma roles que coadyuven a impulsar que otros agentes también tengan una posición clara y contundente frente a la corrupción. Esperemos que nuestros poderes estatales sigan este ejemplo.
(Natalia Torres Zúñiga)