Lima, 17 de noviembre del 2005

El optimismo ha sido una característica de los recientes titulares de los principales diarios de nuestro país al informar sobre la extradición del prófugo ex Presidente Fujimori: “Una nueva derrota para Fujimori: perdió amparo”, “Chile, vecino… entrega al dictador”, “Seguirá preso”, “Encuesta en Chile, 76% pide su extradición”, “Mayoría lo repudia”, entre otros.

Es cierto que Fujimori ha tenido algunos reveses importantes en su estrategia de retorno al Perú “por etapas” y en su intento de montar una “cabecera de playa” en territorio chileno para su campaña electoral. Seguramente dentro de sus cálculos, como “candidato virtual” podría haber ayudado a empujar hacia arriba el número de congresistas fujimoristas en el próximo Parlamento, herramienta clave para negociar –bajo la mesa y con la tradicional política del “borrón y cuenta nueva”– su impunidad con otros grupos parlamentarios.

Primero, no contó ser detenido tan rápidamente por las autoridades chilenas y que, luego, le denegaran, por el momento, su libertad; si bien dentro de sus escenarios posibles debe haber estado la posibilidad de la detención, debe haberle sorprendido la rapidez de la misma. Segundo, no contó con la firmeza del Gobierno de Chile de no permitirle –bajo ningún concepto– hacer campaña electoral desde territorio chileno; su régimen de internamiento sólo permite visitas tres veces por semana y con restricciones de acceso a las comunicaciones; el desconcierto inicial del Gobierno chileno por su entrada casi clandestina debe haber contribuido a esta segunda reacción, esta vez rápida y firme. Tercero, Fujimori parece no haber sopesado en su real dimensión lo instalado que están los derechos humanos en la opinión pública y la clase política chilenas, muy sensibles a este tema y muy atentos a su imagen ante la opinión pública internacional sobre el particular.

Ahora bien, pese a esos reveses iniciales del prófugo, el camino de la extradición sigue mostrándose largo y difícil (ver: sección especial sobre extradición de Fujimori). Primero, porque una de las primeras señales dadas por la Corte Suprema peruana no es nada halagüeña, como ha sido el pretender vincular la exigencia de mayor presupuesto con la puesta en riesgo del trámite de extradición, tal y como han deslizado algunos representantes del Poder Judicial. ¿Qué tiene que ver una cosa con la otra, si los cuadernillos de extradición deben culminarse este año y la exigencia es por mayores recursos para el presupuesto del 2006? Por ende, persiste la preocupación –y exigencia– de que los cuadernillos de extradición sean muy bien fundamentados y con suficiente sustento probatorio.

Segundo, sigue en pie la muralla de la “extradición dura” de la Corte Suprema chilena. Sin duda, esa debe haber sido una de las razones de peso que inclinaron a Fujimori a optar por Chile como nuevo destino. Y es que, en por lo menos dos de los probables desenlaces, el beneficiado es él: i) que no sea extraditado (sin ser pesimistas, es una posibilidad que no hay que descartar por exceso de entusiasmo); ii) que sea extraditado pero por menos delitos de los planteados por el Perú, con lo cual habría usado a la Corte Suprema chilena como “filtro” para irse limpiando de los cargos que pesan sobre él.

Tercero, ante la presión de la opinión pública nacional chilena e internacional, una hipótesis probable es que la Corte Suprema chilena se incline a extraditar a Fujimori sólo por los cargos de violación de derechos humanos y no por los delitos de corrupción… así, no tendría que pronunciarse sobre los casos de corrupción que también involucran al poderoso empresario chileno Andrónico Luksic. Ello tendría el gran inconveniente que Fujimori no podría ser juzgado por la gran corrupción de su gobierno. Por ello, es importante que junto con los cargos de violación de derechos humanos, también se levanten ante la opinión pública chilena e internacional los graves casos de corrupción en los que está involucrado.

Finalmente, reiteramos dos aspectos claves para el éxito de la extradición de Fujimori. Ante todo, que la Corte Suprema peruana cumpla, frente al país, su responsabilidad de  enviar los mejores cuadernillos de extradición que la Corte Suprema chilena haya recibido en su historia. Pero también que la comunidad internacional siga recordándole –en forma constante– a las autoridades chilenas el derecho que tiene el Perú de juzgar a Fujimori por las graves acusaciones de corrupción y derechos humanos que pesan en su contra; los reflectores de la opinión pública internacional serán un factor decisivo en el desenlace de este caso, como lo fue en su momento el “caso Pinochet”.
(David Lovatón Palacios)