Lima, 07 de diciembre del 2005

El reconocido investigador del derecho Luis Pásara Pazos presentó, el lunes 5 de este mes, una reciente investigación, llevada a cabo a solicitud y con el auspicio del consorcio Justicia Viva, la misma que seguramente ayudará a poner los reflectores en un tema que ha venido pasando casi inadvertido: la actuación de los abogados en el funcionamiento del sistema de justicia (ver: Los abogados de Lima en la Administración de Justicia).

Y es que la publicación, aunque sea de manera preliminar –el autor ha sido claro en señalar que el campo de estudio sobre la problemática recién empieza– deja en claro que lo que realizan muchos abogados por el sistema de justicia, más que un aporte es un obstáculo, pues muchas veces, en lugar de ser una ayuda a la labor del juez, su actuación se convierte en un factor de dilación del proceso o simplemente en un paso poco trascendente que a la larga el juzgador ignora en su última decisión.

Para llegar a esta conclusión, Luis Pásara utilizó un conjunto de instrumentos: encuestas a usuarios del sistema, encuestas a condenados, entrevistas a usuarios, entrevistas a informantes calificados, guía para analizar expedientes civiles y fichas de análisis de casos de mal desempeño profesional denunciados al Colegio de Abogados de Lima.

A lo largo del estudio uno puede encontrar cuatro ideas básicas. Primero, los abogados se diferencian de acuerdo al nivel social al que sirven y según esto el servicio es más eficiente, razón por la que la mayoría de la población tiene una defensa pobre. La investigación explica que una pequeña parte de los abogados asesora a las grandes empresas y a la clase más acomodada del país. Las características de éstos es: ser los más caros, y también los mejores preparados, los más eficientes y por lo tanto los que prestan mejor atención al cliente. De otro lado están la mayoría de los abogados, los que defienden a las clases más bajas. Las características generales de éstos son que están deficientemente preparados desde un punto de vista técnico, cobran poco y su intervención en los procesos es intermitente; es decir, no llevan un caso de manera continua sino que se dedican a hacer escritos eventuales, de ahí que este grupo sea el que genera mayor desconfianza de la población.

La segunda idea es que, pese a la diferenciación entre tipos de abogados, en ambos sectores parece primar la promesa de ganar a toda costa el caso, “valga lo que valga”; lo que podría incluir prácticas contra la ética y hasta delitos. En un tercer punto del estudio se analiza la relación abogado−cliente y se la señala como asimétrica, pues el lenguaje jurídico engorroso hace prácticamente imposible que el cliente pueda controlar al abogado. Como último punto importante aparece la preocupación en torno a la labor que realiza el Colegio de Abogados de Lima para controlar las prácticas corruptas; el análisis de las denuncias resueltas por esta instancia encontró que son mínimas las sanciones, primando mayoritariamente la impunidad.

En líneas generales, pues, este trabajo es un importante aporte –el magistrado supremo César San Martín, en su comentario con motivo de la presentación de la publicación, señala que su lectura le causó primero un  ‘shock’ y más adelante le aclaró muchas percepciones e intuiciones sobre el tema (ver presentación)– y da las primeras luces sobre esta problemática; la cual había pasado virtualmente desapercibida o ignorada hasta que en el 2004, en un estudio sobre la enseñanza legal –elaborado también por Luis Pásara– se vislumbró este inconveniente. Sobre el tema, Pásara indica que es necesario vigilar a los abogados –cosa que actualmente no sucede de manera adecuada–, para que cumplan sus obligaciones de manera adecuada y que su mala praxis no sea una carga más para el sistema judicial.
(Lilia Ramírez Varela)