Lima, 15 de diciembre del 2005

Hace algunos días los principales candidatos a la Presidencia de la República (salvo uno), como ya es costumbre, sustentaron en la Conferencia Anual de Ejecutivos (CADE) sus principales propuestas a implementar de ganar las elecciones del próximo año. Sin duda, fue una buena oportunidad para conocer qué piensan y qué pretenden hacer en temas claves como la reforma de la justicia –tan reclamada por todos– y la lucha contra la corrupción, dos ámbitos en los que el Consorcio Justicia Viva ha venido trabajando desde la sociedad civil los últimos tres años.

Lourdes Flores Nano, quien hasta ahora encabeza las preferencias electorales, propuso, en síntesis, darle un nuevo papel a la Corte Suprema y fortalecer los juzgados de paz; dos propuestas que, sin duda, coinciden con lo planteado por la Ceriajus, con el reclamo de los empresarios y de la ciudadanía en general, de, por un lado, mayor seguridad jurídica, mayor “predictibilidad” de la jurisprudencia (esto es, que se sepa, con cierta certidumbre, cómo resolvería un determinado caso el Poder Judicial) y, por otro lado, de fortalecer y apoyar mecanismos de acceso a la justicia a favor de amplios sectores sociales de escasos recursos, como es la justicia de paz.

Tal como ya se ha dicho en ocasiones anteriores, la “predictibilidad” de la jurisprudencia se lograría si se rediseña el perfil de la Corte Suprema que le permita cumplir el papel de faro de la jurisprudencia –que hoy no cumple, salvo honrosas iniciativas individuales de algunos vocales supremos–, lo que supondría, entre otras cosas, que se le descargue de muchos procesos que no deberían llegar a la máxima instancia, que arriben a dicho organismo juristas destacados, que se implementen los plenos jurisdiccionales y que exista acceso público a sus decisiones. Pocos casos –los más relevantes social, económica o políticamente–, buenos jueces y transparencia, deberían ser los objetivos del nuevo Gobierno para propiciar la seguridad jurídica desde la orilla de la Corte Suprema.

Pero algo que suena tan sencillo en el papel, ha demostrado ser extremadamente difícil en los hechos, entre otras razones, por la tenaz resistencia de un sector importante de la Corte Suprema que, como es lógico, se resiste al cambio. Quizá por ello, la candidata Flores Nano llegó a decir inclusive que, de ser necesario, convocaría a referendum para movilizar a la población si el Poder Judicial se resistía a los cambios (El Comercio, 04/12/05). Lo que sí se echa en falta son sus propuestas en el campo de la lucha anticorrupción.

Por su parte, Valentín Paniagua fue otro de los principales candidatos que ofreció impulsar la reforma del Poder Judicial y, explícitamente, la lucha contra la corrupción. Sostuvo que era necesario brindar a la justicia los recursos para su modernización y respaldó las propuestas de la Ceriajus. También propuso reforzar los juzgados de paz y que el Poder Judicial cuente con un portal de transparencia. De sus planteamientos, que también empatan con el plan de reforma de la Ceriajus, cabe destacar su preocupación por la transparencia de la información judicial: propiciar el acceso público de todas las sentencias de la Corte Suprema debería ser un objetivo fundamental en el próximo gobierno; sin duda, ello contribuiría a la seguridad jurídica y a la confianza ciudadana hacia la justicia.

En el caso de Alan García, por el contrario, no sorprende que no haya hecho referencia alguna a la necesidad de la reforma de la justicia. En ocasiones anteriores, ha hecho causa común con un sector importante de los jueces –liderados por el actual Presidente del Poder Judicial- que exigen más recursos, no “interferencias” externas (de la sociedad civil, por ejemplo) y que aducen incomprensión de la prensa y la opinión pública. Cabe recordar, además, que en su momento el APRA votó en contra de la creación de la Ceriajus.

¿Por qué la reforma judicial no forma parte de la agenda del candidato García? Ello cae dentro del ámbito de las hipótesis y los supuestos que no vamos a desarrollar aquí (como la denuncia de muchos sectores de la influencia del APRA en predios judiciales y fiscales), pero lo cierto es que resulta lamentable que uno de los principales partidos políticos democráticos, no se sume al consenso de la urgente necesidad de reformar el sistema de justicia en el Perú para fortalecer la seguridad jurídica –tan exigida para el crecimiento económico– y la institucionalidad democrática.

Finalmente, ¿qué piensa Ollanta Humala sobre el particular? No se sabe porque no ha habido presentación pública ni plan de gobierno conocido… pero no es muy difícil imaginar qué tipo de propuestas son las que podría traer bajo el brazo un “outsider” como él: ataques a un desprestigiado Poder Judicial, razzia indiscriminada de magistrados y posterior intervención/control de jueces y fiscales. La fórmula ya la usó otro “outsider” el 5 de abril de 1992. Ojalá la historia no se repita y los electores, los partidos y los jueces no lo permitan.
(David Lovatón Palacios)