El pasado 4 de julio, un nuevo incidente enturbió aún más el polémico proceso de selección de magistrados del Tribunal Constitucional: dos de los candidatos más calificados -los juristas Ernesto Blume y Carlos Ramos- presentaron su renuncia irrevocable a seguir participando del mismo. Al renunciar, Blume tuvo duras palabras hacia el proceso: "Ambos hemos llegado a la conclusión de que no vamos a aceptar seguir siendo una muda comparsa de una especie de farsa, de simulación, en virtud de la cual no importa para los señores congresistas los méritos personales y lo único que interesa es quién es mi candidato, quién es tu candidato" (Perú.21, 05/07/07).
Lamentamos que la comisión Pastor -y el Pleno del Congreso- los haya obligado a una decisión así. ¿Cómo explicar que dos de los candidatos con mejor puntuación en el proceso -solo superados por el flamante magistrado Ricardo Beaumont- no hayan sido presentados en la terna inicial de la Comisión y que, una vez en el Pleno, hayan obtenido una votación mucho menor a la requerida? Estas dos renuncias confirman lo que hemos venido sosteniendo desde hace varias semanas: este proceso no ha sido llevado de forma adecuada porque el Congreso nunca estuvo interesado en elegir a los mejores para el cargo.
El mensaje que trasmite toda esta situación es muy negativo: para ser elegido magistrado constitucional más pesa el apadrinamiento político que las capacidades profesionales y académicas. Con ello, ¿qué profesional capacitado para el cargo querrá postular, sabiendo que tendrá que sufrir estos maltratos públicos?
(Alberto de Belaúnde de Cárdenas)
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