RÉQUIEM POR LA DESAPARECIDA ONA

 

14 de agosto del 2008

Si uno revisa el Decreto Supremo que creó la Oficina Nacional Anticorrupción –ONA– (D.S. Nº 085-2007-PCM), encuentra que en uno de sus primeros artículos establece su obligación de presentar un Informe Anual ante el Consejo de Ministros, dando cuenta de los avances, resultados y perspectivas sobre la materia corrupción. La ONA no cumplió con dicho encargo debido a que sólo existió nueve meses. Una lástima por donde se mire.

Algunos como nosotros, pese a las limitaciones que presentaba, le dimos el beneficio de la duda al mensaje presidencial del año pasado. Otros más escépticos, anunciaron proféticamente que la ONA iba a desparecer pronto. Hoy que han anunciado su desactivación (Perú.21, 10/08/08) tenemos que darles la razón a los menos optimistas. No por eso, sin embargo, hemos de quedarnos en el sólo lamento. Urge repasar algunas lecciones que nos deja la que fue en vida la ONA. Con perdón de los ortodoxos, éste es un réquiem por ella, sólo para que no vuelva a pasar…

Tengo Sed (de lucha anticorrupción). La ONA representaba la concretización de una acción estatal impostergable por combatir la corrupción. Ello no sólo conforma el listado de nuestras obligaciones internacionales como Estado Parte de las Convenciones (Universal e Interamericana) contra la Corrupción; sino también de las internas, puesto que el Tribunal Constitucional se ha pronunciado a favor de un principio de lucha anticorrupción, dado que “los actos de corrupción, afectan la estabilidad, la seguridad, la justicia y la paz ciudadanas en las que se sustenta todo Estado social y democrático de derecho” (exp. Nº STC 0019-2005-PI/TC, fundamento 67). En ese sentido, la presencia de una oficina que luche contra la corrupción fue, es y será siempre necesaria en un país como el nuestro, es decir, de una corrupción sistémica ("Iniciativa Nacional Anticorrupción. Un Perú sin corrupción", Lima, 2001, pág. 8). No nos debe quedar duda que es imprescindible contar con una oficina anticorrupción. Ahora bien, una cosa es la necesidad de esta entidad, y otra, es la referida a la naturaleza que debe tener; es decir, cómo debe llevar a cabo sus funciones, lo que veremos en los siguientes rezos.

Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen. Resulta difícil imaginar que se constituya una oficina que luche contra la corrupción en el Ejecutivo, si esa instancia depende de este poder. La ONA debió ser creada como un órgano independiente, pues de lo contrario se encontraba, desde el saque, deslegitimada frente a la población, en especial frente a los que ya conocemos de sobra que otorongo no come otorongo. Es cierto, hay excepciones que confirman la regla, pero una cosa es clara: si se trata de crear un organismo que necesita de un impulso inicial fuerte, no puede nacer con una pata coja. ¿O es que sabían lo que hacían? Todo hace pensar que sí. ¿Qué pensará ahora Lizárraga?

¡Mujer, he ahí a tu hijo! Nadie dudaba de las credenciales democráticas de la ex vocal Carolina Lizárraga; lo había demostrado plenamente en la magistratura a la que, por cierto, sabemos que piensa volver. Pero se le entregó, en honor a la verdad, una oficina inmanejable. Sumada a la falta de independencia, estaba el hecho de que fuera una entidad híbrida, con funciones que se mezclaban con las del Ministerio Público y las de la Contraloría. No creemos, como se dijo en su momento, que esta asignación de funciones fuera inconstitucional (los que dicen ello olvidan que la inconstitucionalidad es la última ratio, que se declara una vez descartadas todas las posibles interpretaciones), aunque sí es cierto, que este reparto no fue el más feliz. Estas trabas eran motivo suficiente para que la señora Lizárraga lo piense dos veces antes de legitimar con su presencia lo que, ahora nadie duda, era un “bluff”. Hay que tomar con cuidado entonces, cuando te dicen: hoy estarás conmigo en el Paraíso.

¿Padre, por qué me has abandonado? No sólo no se le dio independencia. No sólo se le atribuyó funciones que, por su indeterminación, eran caldo de cultivo para que otras entidades, estas sí independientes, pusieran el grito en el cielo, entorpeciendo su labor. Como todo el mundo comenta, a la ONA también se la ninguneó con un presupuesto que a juzgar por lo que hizo, era a todas luces diminuto, nada acorde con la titánica tarea que se le encargó. Si sólo hubiera sido una entidad coordinadora entre aquellas que tienen que ver con la lucha anticorrupción, encargada de diseñar políticas públicas sobre el particular –que era lo más aconsejable– se podría entender que contara con 20 empleados. Pero a la ONA se le pidió que desarrolle otras muchas labores, como establecer medidas de prevención e incentivos, monitorear, supervisar, y sobre todo (y la más cuestionada) realizar investigaciones sobre posibles nichos de corrupción. Esto último, en un país como el nuestro, con altos índices sobre el particular, era costosísimo. Si se quería que la ONA baje al llano y se embarre los zapatos analizado casos específicos de corrupción, hubiera sido deseable que, al menos, se le provea de recursos para que lo haga.

Todo está consumado. A estas alturas, aparece con mayor claridad que el futuro de la ONA estaba destinado al fracaso. No sin pesar la hemos visto cumplir estoicamente algunas de las funciones encomendadas; como la denuncia sobre las irregularidades en la compra de gasolina de la Policía Nacional, o los pedidos de Lizárraga para que la ley de pérdida de dominio se aplique también a los corruptos. Hoy parecen estertores de un moribundo. Y eso nos llena de impotencia ¿Por qué ahora, cuando todo ya está consumado, se quiere congregar al Contralor y a la Fiscal de la Nación para “repartir las responsabilidades”, evaluándose ello “con mucha seriedad”, como dice Del Castillo? ¿Por qué no se congregó antes a tales funcionarios, cuando era el momento de hacerlo; y así evitar la penosa tarea de repartir las prendas del muerto? Hoy estas discusiones se nos antojan parecidas a las disquisiciones “teóricas” de los sacerdotes de la edad media, cuando deliberaban respecto a cuántos ángeles cabían en la punta de un alfiler: fútiles, inoportunas.

¡Padre, en tus manos encomiendo mi Espíritu! ¡No! Después de esta mecida, debemos redoblar nuestra mirada vigilante y atenta sobre el gobierno. Todos parecen coincidir en que quedará en la historia como uno que dejó pasar una excelente oportunidad para llevar a cabo cambios profundos (educación, salud, etcétera), para en su lugar acunarnos con medidas efectistas, mientras se congracia con el poder económico. La ONA no ha sido una excepción.

Una pregunta final, ¿es razonable crear una entidad para ganar réditos políticos, si después de poco tiempo se la cierra, exponiéndose a la crítica general? La respuesta es que sí, con una condición, que sigamos pensando: “si hizo obra, no importa que robó”.
(Julio Avellaneda Rojas)